Lo maravilloso de la improvisación es que podes estar con la cabeza en cualquier lugar justo antes de tocar. Pero cuando llega tu turno, olvidas absolutamente todo. Te desprendes de todo. Las escalas, los libros, los yeites, la música misma. Y estás ahí, solo, con la banda, pero solo por sobre todas las cosas. Con todo lo que sabes y al mismo tiempo sin saber nada. A veces elegís que decir, otras veces la verborragia se apodera de tus manos, de tu aliento, y el bicho chilla incesante, mientras tu mente trata de recordar algún fragmento de algún poema. Algún epílogo, alguna reflexión, alguna hipótesis. Jamás una conclusión, jamás un desenlace. Esas cosas se dan por si solas, se dan al menos, para el que no las busca.
Ejecutas un manotazo cromático de ahogado, y en mejor de los casos, alguna bella imagen saldrá a flote, y sino, el silencio. El silencio es tu mejor amigo. Saber aprovechar los colchones que para algo están. Reposar sobre los golpes de la percusión, sobre los temblores producidos por el contrabajo. Los acordes silenciados de la guitarra. Esto ya lo toqué mañana. La nota anterior yace a leguas de distancia, la siguiente presiona las agujas de tu reloj pulsera.
Sin saber cómo te encontras a vos mismo estático, en silencio, como una gárgola espectante de los espectadores. Sin saber cómo, redescubrís a tus manos abrazando la campana de latón, justo como lo hacían segundos antes de tocar. El único recuerdo son los aplausos presentes, impulsados por un futuro tan silencioso, como el pasado durante el que yació suspendida tu última nota.
Seguí, como Johnny persiguiendo la eternidad.
ResponderEliminar¡Qué hermoso trabajo con el tiempo hacés en este texto, Capitán!