Andaba en colectivo, como de costumbre, muy sobre la hora. Hicimos rápido hasta la rotonda, cosa que suele ser una buena señal. –Si llegas rápido a la rotonda, el resto del tramo es prácticamente inexistente- Me comentó algún chofer que aun no conocí.
Llegamos entonces a la rotonda. Una rotonda algo peculiar, digna de ser desde hace años el desenlace de la magistral “Plaza de la Muerte”. Esta es una plaza angosta que se encuentra encerrada entre las vías ferroviarias transitadas diariamente por el tren Roca y la calle Irigoyen. Serán solamente dos cuadras de caminos sinuosos y olor a putrefacción antes de llegar a la rotonda. Una rotonda bloqueada por un bajo nivel a su izquierda, dejando como único escape la salida hacia la estación de bomberos voluntarios de Quilmes, edificada a su derecha. Quizás, después de todo, no sea una rotonda, pero la secuencia que describiré a continuación nos haría pensar lo contrario.
Llegamos entonces a la rotonda. Tuvimos que frenar bruscamente ya que apareció de imprevisto un pequeño auto que ascendía desde el bajo nivel. Maravillado por tal imprevista aparición del inframundo que encierra un bajo nivel, pude observar como la mano del conductor se deslizó hacia la izquierda sobre el volante, mientras que la derecha permanecía oculta, operando cambios desde el anonimato. Dada la orden y acompañando dicha ejecución, fue como el primer auto de la rotonda giró hacia la izquierda.
El chofer del colectivo pensó en arrancar, pude deducirlo por las ansias proyectadas en sus ojos, por el rugido que emanaba el motor desde las profundidades de la inmensa flota terrestre. Sin embargo, para su sorpresa (y para la mía) se asomaron dos autos más, seguidos por un cuarto, separado por la distancia correspondiente a un tercer auto invisible, inexistente, pero tan presente como nuestras ansias por continuar camino.
La pintoresca secuencia continuó, la mano izquierda del conductor se deslizó hacia la misma dirección sobre el volante y el vehículo respondió de manera acorde. Lo mismo ocurrió con el segundo auto de la fila, este un tanto más osado, dando a conocer su derecha, ejecutó su maniobra utilizando ambas manos. Creí ver entonces al conductor invisible del tercer vehículo, timoneando una rueda inexistente. -Un delirio- pensarán, pero permítanme anticiparme a tal pensamiento recordándoles el frustrante pesar de estar varado frente a una rotonda en la que todos giran hacia la izquierda.
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