Eduardo Mateo, 1940-1990
Celebrador de la vida,
capitán del delirio,
soberano del ritmo,
amante de la percusión,
rudimentario en las cuerdas,
inventor de acordes,
soñador de oficios.
Que bello el candombe y que hermosa tu voz, Mateo. Tu sonrisa se transmite en el sonido de tus palabras, -tiempo que se va, tiempo que viene-, y un corazón lleno de locura y esperanzas. Gestionaste el puesto de "Jefe de Serenatas", encargado de una oficina donde tus colegas caían con descripciones de mujeres y vos zapabas serenatas que luego vendías tras un cómplice regateo. -Muchacha, por qué tu no me quieres?- Cuestionabas. -No seré quien sere che-, afirmabas. Solo me dices adiós, me voy muriendo, supiste sollozar ante Jacinta, tu musa brasilera.
Prometías espectáculos allá por tus pagos. Vagabas las calles uruguayas con tu cuaderno en mano, recolectando las firmas y el dinero de aquellos que querían presenciar tus creaciones vivas. Quizás por eso vendiste más después de haberte ido, y por vender me refiero a mucho más que que hacer plata. Porque tus cantos son tan simples que cuesta entenderlos, dificultan la empatía. Uno tiene que encarnar tus caprichos y volver a la escuela primaria para poder siquiera comprender por qué harías un tema titulado "A la letra A". Detrás de esos delirios se esconde la belleza de tu música que facilita el sentir.
Entenderte me llevaría una vida, y ¿qué sentido tiene racionalizar las fantásticas fabulaciones de un loco-lindo como vos?

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