miércoles, 1 de febrero de 2012

Acróbata

Tambaleante entre las vías del inframundo se aproxima el pequeño acróbata. La cabeza en alto esquivando almas cabizbajas, sus cabellos escarchados del sol, los pies cansados de andar, y así todo nada lo detiene. Sus harapos en hilachas, al igual que su espíritu lo embellecen.
Se planta frente a nosotros. Ni una palabra. El silencio es opacado por los chillidos desgarradores que ejecuta el tren al cauterizar sus heridas contra los pesados rieles. Decidido y humilde, el acróbata encara uno de los asientos acogedores del más grande cultivo de la peste bonaerense. Sujeta una de las manijas con su pequeña y lacerada mano, alza la vista, se encuentra suspendido entre dos círculos perfectos. Apoya sus pies en el aire, luego en los asientos, ventanas, porta equipaje, baranda, sus hombros giran sobre su propio eje.
Con un ruido seco sus resquebrajados pies tocan una vez más el suelo de la plataforma.
Ni una palabra.
Final del recorrido.

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