Así como están esos días donde no pegamos una, hay otros donde los universos se ponen de acuerdo y nos invaden con las mejores de las energías. Hoy, fue uno de esos días.
Tuve que ir al dentista en capital, moría de hambre, llegué con media hora de anticipación y el shopping más cercano estaba cerrado; abría en el mismo horario que había sido citado. Afortunadamente encontré un Burguer en la esquina detrás del consultorio. Nos llenan la cabeza con eso de no mirar hacia atrás, pero ojo, de tanto en tanto nos encontramos con Burguers salvadores. Desayuné como un duque finlandes, lleno de asombro al sentir la mesa vibrar cada vez que pasaba un subte por debajo.
Finalizada la consulta con el dentista aun tenía 3 horas a favor antes de entrar a trabajar. Decidí ir al cine, nada mejor que las películas a las 11.20 de la mañana. Compré la entrada para ver la nueva de DiCaprio, J. Edgar. Entré puntual a la sala, 11.20... Los avances no empezaban, salí a preguntar que pasaba. Me dijeron que en pocos minutos comenzaría la proyección. 11.30... los avances no empezaban, salí nuevamente a preguntar que pasaba. Esta vez me dijeron que en cualquier momento comenzaría la película. 11.40... nada. Salí, pero esta vez pregunté con quien podía hablar para que me hicieran un reembolso de la entrada. Imaginé, acertando, dicho sea de paso, que la función comenzaría 11.50, de modo que me sería imposible terminar de verla sin llegar tarde al trabajo. Hablé pacíficamente con el guardia de seguridad, me redirigió hacia una de las cajeras. Jamás pensé que fueran a devolverme el dinero para ser honesto, pero se ve que hubo algo en mis palabras que hicieron a la muchacha sacar $27 de la caja registradora y apoyarlos sobre el mostrador. Volví a entrar en la sala 4 y vi gran parte de la película, realmente buena, me hubiera gustado verla hasta el final.
A las 2 de la tarde ingresé al trabajo con los brazos en alto sujetando esta pequeña victoria contra Cinemark. Al revisar el correo de la oficina vi que las últimas dos horas laborables estaban destinadas a una reunión, evento que expandió aun más mi felicidad. Durante la reunión comenzó a diluviar, una verdadera tempestad. Era horario de abandonar el edificio, las calles se habían inundado, la gente corría de un lado al otro.
Sin embargo, no podía creer mi suerte. La chica que trabaja en mi posición el turno mañana había olvidado su paraguas sobre el escritorio.
A quien corresponda:
Gracias.
unManú
Qué excelente crónica... Me encantó y te sentí tan cerca. Escribís como hablás, con la misma deliciosa espontaneidad.
ResponderEliminarUn abrazo gigante.