En mi colegio había una capilla. El primer miércoles de cada mes teníamos una especie de misa. Nunca nadie quería ir, obviamente. Arrastrábamos las suelas de nuestros zapatos prolijamente lustrados por nuestras madres solteras. Vestíamos media camisa adentro y media afuera. Sin embargo todos sabíamos de memoria los salmos y los cantos eclesiásticos. La misa era dirigida por un padre. Un padre paradójicamente seco. Nos daba la bienvenida a la casa de dios tocando dulces acordes con séptima en un órgano inmenso que cubría un cuarto de la pared lateral de la capilla. Aceptábamos el ritual mensual sin chistar, pero ¿por qué el primer miércoles de cada mes?
Fue un jueves cubierto por un manto de neblina que llegué demasiado temprano al colegio. El aula donde nos tomaban lista estaba cerrada. Fumé mi cigarrillo mañanero en el baño de discapacitados, aquel que nunca nadie usaba, excepto por los profesores más viejos y sabios, ya que este contaba con un servicio de limpieza y drenaje excepcional. Fumaba junto a la ventana, bastante estúpido ahora que lo pienso, pero era la forma de eliminar gran parte del olor a pucho. Fue entonces cuando entre el humo que corría hacia la ventana se filtraron dulces melodías barrocas. El baño tenía una salida hacia una especie de bosque pequeño ubicado justo en la parte trasera de la capilla.
Salí por un paseo bajo la niebla. Los tubos del órgano vibraban. No podía ver nada. Me topé con una pared de ladrillo llena de plaquetas de metal. Inútilmente pasé mi mano una y otro vez sobre los antiguos grabados, tratando de descifrar su contenido. Fue así como toqué de pura suerte un material más noble.
Empujé y ahí lo vi. Era el padre Teodoro golpeando las teclas del órgano con una delicadeza divina. Imbuido por la gloria de Johann Sebastian, Teddy paseaba sus manos sobre las inmaculadas piezas del órgano. Jamás había considerado a dios como una posibilidad hasta este momento.
Si dios existía, tenía que ser esto.
Fue un jueves cubierto por un manto de neblina que llegué demasiado temprano al colegio. El aula donde nos tomaban lista estaba cerrada. Fumé mi cigarrillo mañanero en el baño de discapacitados, aquel que nunca nadie usaba, excepto por los profesores más viejos y sabios, ya que este contaba con un servicio de limpieza y drenaje excepcional. Fumaba junto a la ventana, bastante estúpido ahora que lo pienso, pero era la forma de eliminar gran parte del olor a pucho. Fue entonces cuando entre el humo que corría hacia la ventana se filtraron dulces melodías barrocas. El baño tenía una salida hacia una especie de bosque pequeño ubicado justo en la parte trasera de la capilla.
Salí por un paseo bajo la niebla. Los tubos del órgano vibraban. No podía ver nada. Me topé con una pared de ladrillo llena de plaquetas de metal. Inútilmente pasé mi mano una y otro vez sobre los antiguos grabados, tratando de descifrar su contenido. Fue así como toqué de pura suerte un material más noble.
Empujé y ahí lo vi. Era el padre Teodoro golpeando las teclas del órgano con una delicadeza divina. Imbuido por la gloria de Johann Sebastian, Teddy paseaba sus manos sobre las inmaculadas piezas del órgano. Jamás había considerado a dios como una posibilidad hasta este momento.
Si dios existía, tenía que ser esto.
Para leer este texto conviene poner play en el video, así queda una obra multimedia... absurda, lunática, irónica.Casi autobiográfica.
ResponderEliminarY seguramente que si existe dios se parece mucho a esta música o a la escena de la lluvia mientras canta Weronika al principio en "La doble vida de Verónica", de Kiesloswki.