Apenas salido del trabajo conecto mi mente a los imperceptibles acompañamientos de Jim Hall, y camino. El aire frío, la música, las luces de la ciudad erizan mi piel, y camino. Llegado a la parada del colectivo me detengo, cambio la música a algo más violento y sutil, mato a la espera sin que lo espere. La noche prometía, lo supe apenas dejé la obligación. Una vez subido al transporte me dirigí hacia el peor asiento disponible, ese que está justo sobre la rueda trasera derecha, me senté del lado del pasillo. El asiento anterior al mío quedó vacío, y fue ocupado por una muchacha morocha menuda de corte taza unas paradas más adelante. Era imposible despegar los ojos del piercing que tenía en la nuca, de esa punta putrefacta llena de pus. En más de una ocasión pude ver a través de la melena como sus uñas rascaban placenteramente alguna costra de suciedad en su cuero cabelludo. Anticipándome, noté como acercó a su nariz aquella caspa encerrada entre carne y uña, del mismo modo en que un sommelier cata una copa del vino más fino de la casa. Una vez terminado el ritual, la muchacha extrajo de su bolso harapiento un compilado de poesía de Bukowski. De repente todo tuvo sentido.
No hay que leer a Bukowski para disfrutar el propio olor a cuero cabelludo sucio, si quizás, para entender como otro puede encontrar placer en eso. Durante todo el viaje traté de seguirle la lectura desde el asiento de atrás, pero estaba cansado, y el fuerte de Bukowski está en sus cuentos cortos, todos sabemos eso.
Cuando bajé del colectivo lo hice por lo puerta del medio, ella había dejado el libro. El colectivo frenó, las puertas se abrieron (una más rápido que la otra), la miré cansado, me devolvió la mirada, le sonreí en algún lugar de mi mente. Las calles ahora más oscuras, la noche más fría, y camino.
Deslumbrante... original... Ponés el foco en lo mínimo cotidiano, en esos detalles insignificantes que pasan desapercibidos para la mayoría. Y la intertextualidad con Bukowski es mortal, mortal. Un chica Bukowski en un colectivo de Buenos Aires y la descubriste vos Manú!
ResponderEliminar¡Tus crónicas del colectivo se merecen un libro aparte!