jueves, 6 de diciembre de 2012

Ogro colegiala

Hay una colegiala sentada a unos metros de mi, estamos a tres mesas siguiendo la trayectoria de ofensa de un caballo de ajedrez. Rubia, rellenita, una chica cuya atracción no sería suficiente para hacerte dar media vuelta si la cruzaras por la calle. Sin embargo, en este café tan silencioso, en este día tan húmedo y nublado, verla tomar su jugo grande naranja sujetando el sorbete entre sus dedos índice y pulgar es un espectáculo hipnotizador. Con su mano derecha alza una medialuna de manteca, abre su boca, la acerca a sus fauces. Mastica lentamente, con los ojos bien abiertos, como quien piensa sin saber exactamente qué. Sus pies entrelazados caen como lianas de carne rechoncha, oscilando a pocos centímetros del suelo. La postura de sus piernas genera cierto ángulo en sus rodillas de tal modo que me permite observar desde mi guarida la entrada a su inmaculado jardín.Viste medias azules bajas, a la altura de los tobillos, su pollera es de color gris pavimento, gris nublado, gris hoy. Un destello blanco irradia de entre sus piernas. Que dulzura y que morbo esconderá el aun intransitado laberinto de la ogro colegiala. Ahora descansa el mentón sobre la palma de su mano derecha, sus dedos robustos no alcanzan la altura de sus ojos. Se esconde tras la pantalla de su celular, triste colegiala. Serás usada por el sexo opuesto baja premisas disfrazadas de promesas de amor eterno hasta que finalmente crezcas y aprendas (o no) a diferenciar el gesto sincero de la mentira más letal propagada por el ser humano, el amor. Colegiala ahora escapa de mis palabras, me da la espalda mientras se balancea sobre sus pequeños pies (lejos de convertirse en fetiche) camino hacia la puerta. Debe medir menos de un metro y medio. Colegiala abre su paragua y se larga a la vida, al amor, al sexo y a la mentira.


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