sábado, 24 de noviembre de 2012

Geisha

Nunca me deje llevar por las apariencias, nunca hasta aquella noche. Estaba en la barra, sentado de espaldas a la puerta, como siempre, como quien no se atreve a cruzar miradas con quienes llegan; si quizás con los que se van. Sabía que llegarías en cualquier momento. De hecho, te estábamos esperando. Desconocía el sonido tus pisadas, tu fragancia, la hermosura de tus ojos. Desconocía aun todo aquello que me llevaría a fantasear con una ínfima probabilidad.
Nadie escucho la puerta abriéndose. Mi cabeza giró independiente del resto de mi cuerpo siguiendo el sonido que producían tus tacos al aterrizar sobre la madera barnizada. Entonces te vi. Inmediatamente entendí que si no fuera por nuestra intermediaria, jamas hubiéramos compartido el mismo espacio y tiempo, y aun así, me invadía un placer inmenso. Lo que me costó lograr que mis ojos te dejaran tranquila aquella noche, no tiene nombre. Jamás luche tanto contra mi propia voluntad. Intercambiamos pocas palabras, y así estaba bien. Yo era feliz mirándote sin que te dieras cuenta (aunque ambos sabemos que todos nos damos cuenta cuando alguien nos mira). En especial cuando ese alguien, soy yo.

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