Ya es costumbre, un habito, no existe otra manera. 5 días a la semana, 20 días al mes, 225 días al año, tomo el Semirapido Berazategui-Correo Central rumbo al trabajo. Transitando estas rutinas uno se cruza con centenares de conocidas caras extrañas. Hay tandas de gente dependiendo el horario. Siempre que salgo justo para entrar a trabajar, encuentro a una señora que podría ser mi madre y a una treintañera morocha flaca flaca, esperándome en la esquina de Mitre y Echeverría, despotricando contra el transporte público, o por qué no contra la insolencia del cielo que hasta poco nos dio con todo lo que tenía.
Hay días que por fuerzas superiores tengo que salir de la mano de la aurora y veo a los quilmeños de traje yendo a sus trabajos formales. Los más jóvenes se rebelan y se dejan una barbita zaparrastrosa, mientras que los más adultos son un perfecto y aceitado engranaje de este hermoso sistema en el que vivimos. A todo esto uno se mueve por el mundo con cucarachitas en los oídos que tararean mil canciones y mil palabras, mil fugas y mil escapes.
Andamos aislados, por lo general, del mundo físico. Viajamos como sardinas enlatadas, y sin embargo no nos tocamos, no nos sentimos, estamos solos en la compleja y eterna metrópolis que nos rodea. No obstante, a veces la música pasa al plano físico, deja de ser un simpático murmullo en nuestros oídos y llena un espacio con su cuerpo y con su alma, con sus melodías y con sus letras.
En contadas ocasiones viajé en el mismo colectivo que una estudiante de ingeniería anónima. Le digo así porque siempre se baja en la facultad de ingeniería de Buenos Aires, pero quién sabe realmente que hará de su vida. Pocas veces cruzamos fugaces y torpes miradas de quien quiere mirar a alguien pero no sabe bien como. Ayer, por una de esas cuestiones de la vida, viajamos en el mismo colectivo, pero esta vez pasó algo hermoso.
Desde el principio fue un viaje difícil. El colectivo estaba sobre cargado de gente. Una señorita gordita insultó de arriba a abajo al chofer por dejar subir a más gente. Acto heróico de parte del conductor, si me lo preguntan, ya que era uno de esos días en los que el colectivo "no pasa" y la gente se acumula en las esquinas. Me escabullí hasta la parte trasera, me hice un lugarcito como quien no quiere codearse con nadie y me entregué por completo a las dulces melodías y los falsos candombes de Jorge Drexler.
A la altura de Dock Sud, el chofer frenó de golpe. La mujer que estaba a mi izquierda se me vino encima y vociferó un alarido que no llegué a escuchar. La sostuve para que no se cayera, no pasó nada, pero cuando miré hacia mi derecha la vi. Lejana, parada exactamente sobre las ruedas delanteras de la flota. Nos miramos por un segundo, o dos, antes de que volviera la indiferencia y el anonimato.
Lo magnifico de ese instante fue que tenía a Drexler al oído diciendome:
Te miro y pienso,
te miro y me digo: “quien quiera que seas,
¿de dónde has salido?”
Me importa mucho más
verte vibrar, así,
que descifrarte
Te veo y quiero
que tu me veas
quien quiera que seas
quien quiera que seas.
¡Una escena de película con música diegética! Un bellísimo texto.
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