El la invitaba a ver rollos viejos cuando el cine aun no abría al público, o en las horas más altas de la noche. A las cuatro de la mañana entraban por la parte de atrás del cine. Eran los 50. Ella fumaba usando un filtro largo y pintoresco, a el no le importaba demasiado, pero sus ojos lo dejaban en estado inerte, fuera de si mismo. Él vestía un traje azul, una camisa blanca y una pequeña corbata también azul. Sus zapatos eran marrones y tenían la punta cuadrada. Su pelo era alfo rubio, sus manos eran agradables y ella decía que sus ojos eran dos almendras. Porque si.
Dulces palabras de la cinéfila lograron que una noche de frío sepulcral, el apuesto acomodador le perdonara el no tener entradas, y la dejara ingresar al complejo. Allí la conoció. Ella tenía el pelo revuelto y las manos frías. El se sentó a su lado en la película. Se sonrieron y al terminar de ver aquella gran obra de Godard, fueron a comprar papas fritas. El local más cercano estaba cerrado. Caminaron interminables cuadras hasta toparse con un agradable bar irlandés, olvidando por completo las papas fritas.
Los vasos eran enormes y la luna aun más. La preciosa noche no se comparaba con el gran piano de salón que lograron percibir. Los músicos llegaron, comenzó a sonar Deception y sus pies flotaron en aquella pista verde oscuro. El humo los envolvía, aislándolos del resto de los animales en constante vaivén. Aplausos siguieron a las últimas notas, la campana de última ronda había sonado dos tragos atrás y aun así seguían bebiendo. Duraban más que el tiempo.
Duraban más que el tiempo y ellos lo sabían. El la acompañó hasta su casa. No sabían como ni por qué, pero se volverían a ver. Eran dos extraños, conocidos. Tomarían caminos alternos día a día con el fin de cruzarse, sabiendo en el fondo que aquel anhelado día llegaría cuando menos lo esperasen.
En colaboración con mi musa, Flavia Calise.
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