Los colectivos, los subtes, el tren, el transporte público en general no son lugar para los ancianos. No puede ser que suba una viejecita al subte con su reesplandeciente cadera nueva y tenga pedir que le dejen libre un asiento. Somos jóvenes, nos encontramos en el pináculo de nuestra existencia, mientras que ellos transitan tan acalorados como nosotros, sus últimos andénes. Lo mismo va para los viejos, quizás sean un poco más orgullosos, pero también necesitan una mano para bajar o subir de los colectivos y no creo que este mal salir una vez al día del anonimato que nos provee la gran ciudad y ofrecer una mínima ayuda. No hace falta esperar a que pidan una mano para extender el brazo, deberíamos estar ahí, deberían ver nuestro gesto antes de percatarse que existe una caño para subir al colectivo.
Subterraneo, hora pico, la humedad bajo tierra se multiplica y el aire desaparece, nuestros cuerpos tambalean los unos contra los otros a cada turbulencia. Este escenario no es apto para los ancianos, pero debería serlo. Un vagón vintage para los jubilados buena onda, ¿por qué no?
La semana pasada atravesé una interminable odisea en la linea D junto a una coqueta señorita de más de 80 años. Llevaba un pañuelo en su cabeza, tenía las uñas de las manos y los pies pintadas de un rojo escarlata, casi del mismo color de las manchas de su piel. Preocupada por no pasarse de su estación, descendió del vagón con mucha dificultad para encontrar las escaleras mecánicas fuera de servicio.
Son muchos los que comparten esta desgracia, y nadie se preocupa por hacer algo porque estamos todos criados bajo la universal cátedra de la indiferencia.
Me limito a soñar un ojala.
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