Como transeúnte federal, pero
aun más importante, como gordo disfrutador de los pequeños placeres de la vida
pasé por muchos establecimientos en los que me di el lujo de un buen desayuno
conmigo mismo. Pequeño y a la vez importante detalle el de desayunar solo fuera
de casa, ya que al ir acompañado la experiencia se torna en una especie de
tramite que uno realiza antes de, pero el desayuno es mucho más que eso.
Es ese momento del día cuando en que el sol apenas quema donde nos
reencontramos con nosotros mismos luego de haber pasado 8 o más horas
inconscientes, reponiendonos de y preparándonos para.
Hablamos del desayuno fuera
del hogar, donde es virtualmente imposible que el que te atiende entienda lo
querés decir cuando pedís un café “a penas cortado”. Estoy bastante
seguro que una vuelta por un café de Quilmes Oeste me dieron una taza doble con
nescafé, sin embargo, el lugar era tan bizarro y las medialunas de manteca eran
tan deliciosas que el café pasó a segundo plano. La decoración estaba compuesta
por una mezcla de estilos que iban desde pinturas de caballos, paisajes y
margaritas típicas de sala de espera de consultorio, hasta redes de pesca
colgadas del techo, espejos, biombos, y muchas otras maravillas.
Entonces nos preguntamos, ¿Qué
evalúa uno cuando sale a desayunar? Ubicación, precio, calidad, servicio e
higiene. En la mayoría de las confiterías esperamos pacientes a que nos
atiendan, a que nos traigan el pedido, a que llegue la cuenta, a pagar, a que
nos traigan el vuelto. En cambio en BK somos lideres de nuestro deseo,
protagonistas de nuestro festín, directores
de una sinfonía de sabores a punto de suceder.
Practicamos un par de veces
qué vamos a pedir y cómo mientras seguimos la caravana hacia el mostrador.
Pocos segundos despues nos alejamos con bandeja en mano en busca de un asiento
digno de nuestra presencia y nos sentamos a disfrutar esta inigualable
experiencia. No creo que haga falta hablar de la ubicación ya que estas cadenas
de comida rápida suelen propagarse en forma de plaga por las metrópolis.
Con respecto a la relación precio/calidad
(mi parte favorita), por la módica suma de $8 tenemos disponibles 2 medialunas
de manteca o 2 facturitas de membrillo que honestamente son una rebelación de
la panadería moderna. Claro que esto viene con un café chico y un vaso de soda
helada opcional. Por $3 más, accedemos a una cajita de 200ml de jugo helado de
naranja BC o Tropicana, la verdadera hermosura de todo esto. Recién ahora
estamos listos para disfrutar una experiencia paradójicamente única en uno de
los lugares de comida rápida más vulgares de Buenos Aires.
Es la combinación de los
puntos positivos previamente mencionados y la gente que frecuenta estos
boliches lo que me llena de asombro. Parejas de gordos casi tan redundantes
como los 5 pisos de sus hamburguesas, abuelas malcriando a sus pequeñas nietas,
ojerosos grupos de estudio, solteronas de mediana edad, guardias de seguridad
de distintos comercios, parejas desmerecedoras de una comida intima y dedicada,
seniles ancianos, cagadores empresariales (corporate d-bags), jóvenes
embarazadas, extranjeros, etc. Una combinación sublime. Claro que para hacer
este deleite aun más placentero se recomienda llevar un reproductor de música,
cuaderno y birome, o algo para leer.
Los invito entonces a su BK
más cercano a desayunar en completa soledad, buscandole hospitalidad a este
lugar de baldosas de metro cuadrado que a primera vista parecera frío e
impersonal. Recuerden ir con tiempo de sobra y no en esos 10 minutos antes de
entrar al trabajo.
No sé si será porque ya hace dos meses que estoy bajo una estricta dieta hipocalórica, pero tanto campo semántico de placeres gastronómicos me despertó las ganas de pedirme un desayuno como ése!
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