Su trompeta hacía visible el humo en esta habitación. Sin vernos, nos sentíamos a cada extremo del edredón. Percibía las olas que ejecutaban tus sutiles movimientos. Invento el chasquido de tus labios mientras se posa uno de tus últimos cigarrillos. La fricción del fósforo nos encandila y pocos segundos despues te veo una vez más, desnuda, tendida hacia el olvido. Corto la oscuridad, sigiloso, caricia. Bajo la tenue luz de tu luciernaga mortal e incandecente busco tu abrazo pálido y acogedor. Mis dedos se deslizan sin apuro entre las constelaciones que proyecta tu espalda, saltando de estrella en estrella hasta llegar a tu nuca. Tibia y con aquellos finos cabellos que parten de los más bajo. Qué extensa belleza recorren mis temblorosos, y aun firmes dedos esta noche. Rodeo tu cuello, bailo una pieza con tus pómulos, y sin que te dieras cuenta, me apoyo en una de tus comisuras. Tu izquierda, mi norte. Entonces parten mis labios hace aquel infino en busca de la más hermosa constelación, creada por estrellas de galaxias ajenas. Terminemos con este mundo, acabemos este universo en una implosión que no deje rastro de tu último suspiro.
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