domingo, 26 de febrero de 2012

El jinete de la autopista La Plata

    Era un día caluroso como tantos otros. El sol resquebrajaba las llanuras bonaerenses. La temperatura real superaba las predicciones radiales, podía sentirlo en las gotas de sudor que rodaban por mi sien en busca de un último suspiro. 27 sentados, 13 parados, un total de 40 pobres diablos hacinados dentro del Semirapido Berazategui - Correo Central. Aquel día tuve el privilegio de conseguir asiento. Lo que aliviaba a mis rodillas traía sufrimiento a mi antebrazo expuesto a la ferocidad del sol, y a mi espalda, empapada contra la cuerina de la butaca. Sentía la tela de mi camisa como una segunda piel, era un reptil más de sangre indecisa, ¿hervir o coagular?, se planteaba a medida que nos adentrábamos en la carencia del Conurbano.
    A penas habíamos pasado el primer peaje, la nave trataba de retomar velocidad, miraba por la ventanilla (como haría cualquiera), entonces lo vi. Se aproximaba a todo galope, un joven adolescente de cabellos dorados del sol, azotando con firmeza a su dientudo corcel. Vestía una camiseta de Boca, pantalones cortos, cabalgaba descalzo. La fiera en cambio portaba herraduras, una montura improvisada y un estómago hambriento como el de un batallón de soldados luego de ejecutar ejercicios sub-acuáticos.
    Nos alcanzó a trote constante, sacó una cabeza de ventaja, luego un cuerpo, luego dos. Soberano de la banquina, atravesó un espejismo provocado por el ardor del sol y desapareció.

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