Con sus ojos verdes claros como el reflejo enceguecedor de un sol de mediodía contra piedras de montaña. Con la capacidad de producir agobio y ternura a cada palabra que sale de su inagotable boca. Su lengua, tensa y seca como un látigo kilométrico se encarga de ejecutar las silabas más agresivas. Mientras que sus labios, firmes, húmedos, casi tan bellos como sus ojos reproducen con inmensa ternura letras como la M o la B. Así todo, la voz que las dicta no podría ser más irritable ni aunque molieran picantes sobre sus cuerdas vocales. Despierta en lo más profundo del instinto el deseo de besarla violentamente, revolviendo vestigios de crueldad, o bien someterla a la más cálida y sincera paliza.
Con esa risa incesante, ese carcajeo gatillo fácil esconde sus miedos, sus dudas. Risa y habla, risa y habla, hasta que no quede impresión de su deseo, ni rastro visible de su pudor. El menor infortunio es para ella una desgracia, el más humilde lujo un verdadero placer. Vigorosa y llena de vida persigue su deseo, descarta sus dudas, enfrenta sus miedos. Sin embargo evita a toda costa una travesía que podría llenarla de alegría o bien hacer de sus pequeñas miserias un terrible cataclismo.
Con esa risa incesante, ese carcajeo gatillo fácil esconde sus miedos, sus dudas. Risa y habla, risa y habla, hasta que no quede impresión de su deseo, ni rastro visible de su pudor. El menor infortunio es para ella una desgracia, el más humilde lujo un verdadero placer. Vigorosa y llena de vida persigue su deseo, descarta sus dudas, enfrenta sus miedos. Sin embargo evita a toda costa una travesía que podría llenarla de alegría o bien hacer de sus pequeñas miserias un terrible cataclismo.
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