Era la única forma de hacerte mía.
¿De qué otra manera me hubieras acompañado hasta la puerta del bar y de regreso a casa?
Sin vacilar accediste a unos de mis tragos, Vodka 7. Sabía muy bien que ese vestido no duraría mucho tiempo más en ti. Verte vaciar el vaso a grandes tragos era todo un deleite. A cada sorbo se desvanecía tu pudor, tu pecho se agitaba, tus labios me miraban, esperando, húmedos de placer.
Tus brazos sujetos por mis manos, indefensa, suprimida. No resistías el estremecimiento que provocaba mi aliento contra tu cuello. Tu flequillo de niño de primaria, tu inocencia fingida, tus pupilas, profundas como mi deseo. El constante ajetreo entre mis ojos y tus labios. Todo era un maldito juego.
En la penumbra vislumbraba tu silueta traviesa. Mi camisa te sentaba bien, podía ver tus senos asomándose tímidamente como dos niños en la puerta de una tienda de golosinas. Balbuceabas algo, no podía oírte sobre las maravillosas piezas de Wayne Shorter, o simplemente buscaba un rato a solas con el. Después de todo, no tenía más para darte.
Un nuevo sol flanqueaba las persianas de mi habitación, la hora se acercaba.
Sabía que jamás volvería a verte, y eso estaba más que bien.
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