lunes, 30 de enero de 2012

Inclinado

Será que salgo del lado izquierdo de mi cama cada mañana, cargándola con 80 kilos de peso muerto con cada sol. Será también que durante unos meses fue mi refugio, la poca tierra que supe defender. Siempre esa porción de descanso, o la baldosa gélida contra mi espalda.
Hubo tiempos en los que dormí su flanco derecho hasta la tarde del otro día. Hubo otros en los que permanecí despierto hasta el rocío, cediendo a tus palabras cansadas, agotadas de un arduo día de no hacer nada.
Bellos tiempos hasta que me encontré mirando hacia el otro lado del horizonte.
Al igual que yo cedes.
Ante mi rodilla, cedes.
Envuelto en los violines del infierno,
guardián de la vigilia,
emperador del meridiano de Greenwich de mi colchón,
permanezco inmóvil,
cedo ante el resplandeciente fuego de la noche.
Volátil como un suspiro,

me hundo en vos,
acurrucado bajo una pesada manta de aire.

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