domingo, 25 de septiembre de 2011

Las aventuras de René Magritte

La vió salir de una chocolatería un martes lluvioso. Los adoquines húmedos reflejaban los faroles de la calle. De ella no sabía más que su espalda, su cabello dorado y aquel pintoresco bombín. No era casual que hubiera estado leyendo a Kundera recientemente.
Semanas pasó sentado frente a la chocolatería pintando el cotidiano andar de aquellos personajes belgas en la calle Theux. Algunos días hacía simples bocetos con grafito, otros, llevaba su kit portátil de acuarelas.
Habría pasado un mes (o dos) cuando la volvió a ver. Alzó la vista para comparar su obra con el afiche de la tabaquería El Espejo Falso, cuando su mirada involuntaria, conducida por una fuerza superior se posó sobre los ojos de aquella muchacha de cabello dorado. A la distancia pudo contemplar la infinita profundidad de sus ojos, era como yacer enfrentado a un cielo nublado, entendiendo que la belleza no estaba en las formas de sus nubes, sino en su totalidad.
***

Sus manos se paralizaron en cuanto su mente dio la orden de recoger sus herramientas de dibujo. Oyó a la distancia el ruido opaco de las carbonillas golpeando contra la acera.
Expectante de su propia vida se vio allí, inmóvil, mientras la caja de chocolates (o bombones) de la joven terminaba de ser empaquetada. Escuché la campanita de la puerta de la chocolatería mientras recogía mis herramientas. Camino a casa no pude evitar revisar los dibujos que había hecho durante el día, es extraño, recuerdo haber hecho una pintura inspirada en el afiche de aquella tabaquería. Quizás fue solo una idea, quizás simplemente imaginé su creación de principio a fin, y por ese motivo no logro encontrarlo entre mis obras. De todos modos no es algo usual, como aquella vez que creí oír cascabeles mientras visitaba a mi amigo François.
Me dirigía en mi bicicleta de paseo a visitarlo una tarde de verano. El sol estaba casi apagado, afortunadamente logré ver un pequeño sendero entre unos enormes pastizales que me ahorraron el trabajo que hubiera tomado rodearlos. Mientras me deslizaba entre la maleza empecé a escuchar cascabeles colosales cuyo sonido parecía provenir del cielo. Como si una figura divina tuviera un gigantesco felino celestial de mascota.

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